viernes, 17 de junio de 2011

Las evaluaciones y el sistema de calificación.

Por Luis E. Llanes y Alba L. Llanes.

Las evaluaciones.
La evaluación del aprendizaje del alumno constituye un conjunto de hitos importantes en el proceso educativo. Existen dos tipos de evaluación: la evaluación de proceso y la evaluación de producto. Ambas apuntan a la corroboración del aprendizaje de los diferentes tipos de conocimiento que hemos explicado anteriormente.

La primera se lleva a cabo durante el proceso de enseñanza - aprendizaje. Se encarga de evaluar el progreso en las diferentes etapas de adquisición de conocimientos. La segunda tiene el objetivo de evaluar los conocimientos como productos finales, integrados en un todo, al terminar el proceso de enseñanza aprendizaje del tema, la unidad o la materia.

Las evaluaciones, sean procesuales o de producto, no solo se constituyen en herramientas que permiten, al docente, conocer el grado de avance de los alumnos, sino que ellas mismas son también instancias de aprendizaje para los propios estudiantes. Los enfoques didácticos actuales hacen énfasis en que, aún en los momentos evaluativos, el alumno aprende. Este nuevo abordaje del concepto de evaluación quiere desterrar la imagen de los exámenes, pruebas y otros instrumentos evaluadores, como instrumentos coercitivos y punitivos usados por los profesores para “mantener a raya” a los estudiantes, para “castigarlos” cuando no se han comportado responsablemente, o sencillamente para conceder un “grado” o “calificación”.

Esta es la razón por la cual se aconseja siempre que, una vez terminada la instancia evaluativa, - la cual incluye la corrección de la misma-, se realice lo que se denomina “una puesta en común”, entre el profesor y los alumnos, para conocer las respuestas correctas, para aclarar dudas adicionales que hayan surgido, y para afianzar el conocimiento correcto sobre un tema en el que uno o varios alumnos han podido equivocarse. Dependiendo de las circunstancias, es aconsejable también que el maestro se siente en particular con los alumnos que han presentado dificultades en la evaluación, y analice con ellos las fallas y dudas. Un diálogo sincero, franco y amistoso, en torno a un examen o trabajo evaluativo corregido, ayuda considerablemente a que el alumno termine de fijar conocimientos defectuosos. Influye también, en gran manera, en la actitud del mismo durante la siguiente etapa de aprendizaje.

Paralelamente a todo lo dicho anteriormente, las evaluaciones permiten también, al profesor, observar su propio desempeño en el proceso de enseñanza, y corregir los errores propios, tanto de conceptos, como de procedimientos y actitudes.

No podemos finalizar este tema de la evaluación sin abordar, siquiera brevemente, el concepto de “evaluación inicial o de conocimientos previos”, planteado por las teorías congnoscitivistas y constructivistas del aprendizaje. La evaluación inicial o de conocimientos previos es una herramienta que permite al maestro y al mismo alumno conocer la cantidad y calidad de conocimientos que, sobre un tema determinado, ha adquirido previamente el estudiante, ya sea por medios sistemáticos o asistemáticos. En otras palabras, este tipo de evaluación, que no está encaminada a conceder una “nota” o “calificación” definitiva al alumno, permite conocer si el alumno sabe o no sabe sobre el tema que se va a tratar; y, si sabe, que cantidad de conocimiento tiene al respecto, y si ese conocimiento es correcto o erróneo. La evaluación inicial debe convertirse también en una instancia de desafío para el estudiante, en un motor que lo impulse a “cavar y ahondar” en el conocimiento del tema que ha de tratarse.

El sistema de calificación.

El sistema de calificación debe ser el modo más aceptable para llegar a tener el cómputo final de las evaluaciones tanto de proceso como de producto. Debe, por lo tanto, tener en cuenta y unir diferentes elementos.

En el caso de la obtención de la calificación final de una materia teológica debemos tener en cuenta algunos factores importantes:

1º. No depender de un solo aspecto para estipular el cómputo final de la calificación. Los exámenes son importantes, pero el maestro consciente entenderá que una prueba no determina, en un ciento por ciento, los conocimientos reales del alumno. Los estudiantes son muy susceptibles a los efectos de la expectativa de una prueba. Los nervios son su peor enemigo. La preocupación, ante la prueba, juega un papel importante en ellos; y estas reacciones pueden absorber tanto la atención de la mente que llegan a convertirla en “un papel en blanco”. Muchas veces ocurre que, pasado el tiempo de tensión, una vez que ha salido del examen, el alumno se distiende y entonces le salta a la mente todo lo que se le olvidó durante el tiempo de evaluación. A veces, sucede esto al pasar los umbrales de la puerta de salida, pero… ya ha entregado la prueba, ya no hay marcha atrás y, entonces, viene el pesar, la autoincriminación, el disgusto y, si no reacciona, la desilusión y el desánimo. Fenómenos similares ocurren con cualquier otro instrumento evaluativo sobre el cual queramos recargar irrazonablemente el cómputo final.

Para evitar una calificación desacertada pero, sobre todo, para poder evaluar con justicia el proceso de aprendizaje del alumno; para poder medir cuáles son sus fortalezas y debilidades en su modo personal de aprender, debemos considerar el factor que a continuación vamos a tratar.

2º. Discriminar qué tipo o tipos de contenidos son los que van a evaluarse en esa instancia examinadora concreta. Mientras que los contenidos conceptuales, ciertos datos e información, son medidos de manera más eficaz a través de un examen escrito u oral propiamente dicho, los contenidos procedimentales y aún los actitudinales son mejor evaluados mediante trabajos prácticos, completamiento de carpetas, investigaciones, e instrumentos similares. Tener en cuenta este factor, permitirá al profesor establecer una serie de instancias evaluativas que permitirán calificar cualitativa y cuantitativamente tanto el proceso de aprendizaje como el producto del mismo.

Los exámenes o pruebas tienen como objetivo medir el grado de fijación de datos importantes y conceptos necesarios, así como de la comprensión integral de los mismos. Pero, a la vez, dependiendo del canal usado (oral o escrito), el docente podrá evaluar también la capacidad del alumno para transmitir lo aprendido. Hay estudiantes a los que se les hace más fácil expresarse en forma oral, que en forma escrita, o viceversa. Dependiendo de ciertas circunstancias específicas, puede elegirse una de las dos maneras para que el alumno exponga sus conocimientos, pero es importante señalar que, como la evaluación es también una instancia de aprendizaje, debe trabajarse con el alumno de tal modo que pueda exponer sus conocimientos de las dos maneras. Esto es sumamente importante en el área de la enseñanza y aprendizaje de la Teología, así como de otras disciplinas bíblicas, puesto que uno de los grandes objetivos de las mismas es preparar “obreros” aptos para transmitir a otros el mensaje del Evangelio y las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios. De modo que es aconsejable, en la medida que sea posible, que se contemplen evaluaciones procesuales en las que los alumnos tengan la posibilidad de desarrollar ambos modos de expresión: el oral y el escrito.

Como señalamos anteriormente, los trabajos prácticos y la elaboración de las carpetas personales son un medio eficaz para trabajar y evaluar otros tipos de contenidos, incluyendo los actitudinales. Particularmente, los trabajos de investigación que incluyen la presentación de un informe o de un ensayo escrito, así como una exposición oral, constituyen una de las herramientas más importantes en la actualidad, tanto para mejorar y enriquecer el proceso de aprendizaje, como para evaluar los conocimientos adquiridos.

De modo que, cuando hablamos de la calificación final de la materia, de esa nota o grado que indica el producto terminado del aprendizaje del alumno, hablamos de un conjunto de calificaciones parciales procedentes de diferentes instrumentos evaluativos, como los citados más arriba. Y esa calificación final no sólo debe ser obtenida por simple promedio de las notas parciales, sino como resultado de una cuidadosa ponderación final, por parte del docente, que incluye el promedio, pero que sopesa con cuidado el desenvolvimiento del alumno en materia conceptual, procedimental y actitudinal.

Finalmente, para concluir con el análisis de este segundo aspecto, no debemos olvidar que, dentro de la calificación debe considerarse un aspecto que hemos tratado en otros capítulos: el del grado de dominio de lo que hemos llamado “contenidos mínimos o básicos”, que es el conjunto de conocimientos básicos, irreductibles, que el alumno debe tener sobre un tema. Si el alumno no los maneja, no está apto para aprobar la materia.

3º. Adjudicación del porcentaje lógico a cada conjunto de instancias evaluativas. Teniendo en cuenta la importancia que le concede a cada una, el maestro podrá hacer una distribución proporcional, justa y lógica para adjudicarle cierto grado de puntuación a cada conjunto. Puede hacerlo, por ejemplo, de dos maneras:
Forma 1:
Primero en orden de importancia……………… 50 % de la calificación final.
Segundo en orden de importancia…………….30 % de la calificación final.
Tercero en orden de importancia……………..20 % de la calificación final.
Calificación final…………………………………….. 100%
Forma 2:
Conceder 100 % a cada aspecto y, luego, promediarlo.

Al ser distribuida la puntuación entre tres o más conjuntos de instrumentos evaluativos, el maestro podrá sopesar mejor el grado de integración de los diferentes contenidos en el proceso de aprendizaje del alumno, y este tendrá más margen para aprobar la materia. Se sentirá, además, más confiado en el trayecto de sus estudios, y apelará a la capacidad más desarrollada en él para sacarle el máximo provecho, pero tratando de perfeccionar las otras, ya que su aprobación depende de todo el sistema.

4º. Adopción de un sistema de calificación adecuado a las circunstancias. Si el sistema de calificación es numérico, encontramos diferentes tipos de puntuación. En ciertos países, sobre todo a nivel universitario, se usa una escala de 4 puntos; en otros, una escala de 5 puntos. Pero las escalas más generalizadas son la de 100 puntos y la de 10 puntos. Si se elije esta última, a modo de recomendación, sugerimos que, para mayor comodidad, se califiquen las diferentes instancias evaluativas con escala de 100 y luego, al final, se traslade la nota a la escala de 10. También existen sistemas de calificación alfabético, particularmente en EE.UU., en que A corresponde a notas que van de 94 a 100, por ejemplo; B, de 86 a 93; C, de 78 a 85; D, 70 a 79; y así sucesivamente. Cada una de esas letras tiene sus propios puntos de calidad. Por ejemplo: A+, A, A-.

© Luis E. Llanes. Ministerio Luz y Verdad. Puerto Madryn, Chubut, República Argentina. Alba L. Llanes. EDICI. Rancho Cucamonga, CA, USA.

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