martes, 29 de marzo de 2011

Teología de la enseñanza cristiana

Por Luis E. Llanes.
 
Decimos que el ministerio de la enseñanza cristiana tiene que ser motivado por una verdadera vocación divina. Por vocación entendemos, entre otros significados, “la aptitud especial para una profesión o carrera”. Si bien es cierto que algunos ejercen el magisterio cristiano sin sentir una vocación hacia el mismo, en sentido general observamos que son más los que realmente tienen esa aptitud y capacidad especial para ejercer ese servicio tan importante dentro de la Iglesia.

Lamentablemente, vemos también a muchos enseñando la Palabra de Dios sin ser verdaderos maestros por vocación. Sin embargo, cuando hablamos del verdadero magisterio cristiano, podemos decir que este es mucho más que una vocación. La Biblia lo describe como un don concedido por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:29; Romanos 12:7), y como un ministerio constituido por Cristo (Efesios 4:11) para la edificación del cuerpo de Cristo.

El eje central alrededor del cual gira la teología del magisterio cristiano es Jesucristo. A Jesucristo, el Rabí de Galilea, lo vemos enseñando en las sinagogas, en las casas, en las calles, en los caminos. En ocasiones, eran grandes multitudes las que se constituían en sus discípulos. En otras, sus enseñanzas eran dirigidas al grupo pequeño de sus discípulos allegados: los 12, por ejemplo. Inclusive, en varias oportunidades tomó tiempo suficiente, sin apuros, para discipular a una sola persona, un Nicodemos o una samaritana. A Jesús no le interesaba la cantidad de oyentes, ni su condición. Su interés primordial era el contenido de su enseñanza dentro de la cual de una forma preferente trataba del tema del Reino de Dios con los hombres, a fin de que éstos cambiaran de actitud para entrar en él.

Para este trabajo no desperdiciaba oportunidades. Sus enseñanzas eran dirigidas, tanto a doctores de la ley como al populacho ignorante. Él llevaba dentro de su alma y era parte de su vida la enseñanza de todos los principios divinos sobre los cuales habría de establecer su reino. Casi todo su ministerio público y privado fue enseñar.La enseñanza fue su actividad distintiva. La gente no lo conocía bajo el nombre de “el obrador de milagros” o “el resucitador de muertos” , aunque realmente lo era, sino que lo conocían como el Maestro y, como tal, lo reconocían. “Rabí...” lo llamaban.

Jesús le dio una importancia suprema a la enseñanza de Su Palabra. La Biblia resalta y enseña tanto en el Antiguo Como en el Nuevo Testamento, la importancia de la enseñanza, como pivote fundamental en el plan de dios para la edificación de la vida espiritual de Su pueblo.

1.2.1. La enseñanza en el Antiguo Testamento.

En el antiguo Testamento tenemos evidencias y mandamientos expresos que nos indican la importancia de la enseñanza dentro del pueblo de Dios, y el interés del Señor en la educación religiosa de Su pueblo. El primer maestro de Israel fue el mismo Dios (Éxodo 4:12; Deuteronomio 4:5). Él mismo transmitió sus leyes y estatutos a través de hombres elegidos por Él a quienes constituyó en enseñadores o maestros. Éstos tenían la firme convicción de que lo que ellos enseñaban al pueblo era algo recibido directamente de Dios. Muchas de las naciones paganas que rodeaban a Israel tenían sus enseñadores, pero la diferencia era que, mientras que las enseñanzas, leyes y estatutos de esos pueblos eran de pura invención humana y comunicada a través de hombres impíos; el pueblo de Dios, Israel, podía contar con la revelación directa del Dios vivo y verdadero, y a través de hombres santos, elegidos por Él, trasmitía y enseñaba las verdades sublimes que le servirían de ayuda y guía a Su pueblo, de tal forma que esas mismas naciones podían testificar “Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta” (Deuteronomio 4:6b).

Dios ordenó a los dirigentes de Israel y les dio la responsabilidad suprema de la instrucción religiosa de Su pueblo (Levítico 10:11; Deuteronomio 4:9; 11:19). Muy especialmente, levantó profetas y sacerdotes, los cuales enseñaban, recordaban, vigilaban, denunciaban y restauraban. Pero esta responsabilidad llegaba más allá de los altos dirigentes. Esta alcanzaba a los padres de familias a los que se les ordenaba a enseñar, recalcar, recordar a su familia, en su casa los principios espirituales revelados por Dios. “Antes bien, les enseñarás a tos hijos y a los hijos de tus hijos” (Deuteronomio 4:9). “Y las enseñarás a los hijos de tus hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 11:18-21).

Era de suma importancia para la estabilidad espiritual del pueblo, para su crecimiento moral e intelectual, para su progreso económico y estabilidad política la formación integral desde la base, desde la cuna, pues de esto dependía las buenas relaciones con su Dios y el éxito en todos los campos en la vida personal, familiar y nacional.

¿Cuáles eran los efectos en los dirigentes, y por consecuencia en el pueblo, cuando descuidaban o ignoraban la enseñanza divina? La crisis venía galopante. Entre los muchos ejemplos que pudiéramos recordar, tenemos el lapso oscuro en el reino de Judá entre los reinados de Ezequias y Josías. Los reyes intermedios, Manases y Amón hicieron caso omiso a las enseñanzas del libro de la ley, y se sumieron en las prácticas más abyectas del paganismo imperante, desoyendo la voz profética que se alzaba contra ellos. Por esta causa se excedieron en sus abominaciones más que sus mismos enseñadores paganos. La voz de la enseñanza sistemática de la ley estaba apagada, pues el libro de la Ley estaba perdido entre los escombros de un templo deteriorado y un pueblo extraviado sobre el cual recaía el peso de la crisis espiritual, moral y política y sobre todo bajo el peso del juicio de Dios que insoslayablemente los alcanzaría. (2 Crónicas 33).

¿Cuáles eran los resultados cuando se le daba lugar a la enseñanza de la Palabra? El mismo reinado de Josías nos lo muestra. El hallazgo del libro de la ley, su lectura, su puesta en práctica, produjo una revolución espiritual, una conmoción nacional, un avivamiento religioso tremendo que hizo detener la mano de Dios postergando el juicio sobre la nación. (2 Reyes 22-23). Otro ejemplo de los efectos benefactores del estudio y aplicación de la Palabra , lo tenemos en los tiempos de la restauración bajo Nehemías y Esdras. (Nehemías 8). En medio de toda la actividad que se estaba desplegando, este hombre de Dios entendiendo todos los problemas espirituales de su pueblo percibió la necesidad de hacer un alto. El punto fundamental no era restaurar los muros, ni la ciudad, ni aún el templo. Toda aquella situación desastrosa no era más que los efectos físicos y visibles de una triste realidad: la caída espiritual del pueblo. Era menester, en primer lugar, reedificar los muros espirituales del pueblo para que los muros de piedra no fueran destruidos otra vez. Trajo, pues, el Libro de la Ley. De una forma organizada, consciente y sistemática comenzó a enseñar al pueblo y recordar las palabras olvidadas y descuidadas. Los resultados no se demoraron, fueron evidentes: Dios pudo llegar al corazón del pueblo a través de “la espada de dos filos” y un gran avivamiento se produjo en medio de ellos.

Antes de terminar de analizar este aspecto, debemos señalar la actividad profética en el área de la enseñanza, porque la misma adquirió importancia capital en los tiempos críticos de la monarquía hebrea. Desde los tiempos de Moisés, los sacerdotes y levitas estaban encargados de la instrucción religiosa del pueblo en una forma particular y especializada. Su deber era explicar la ley de Dios a fin de que las gentes la comprendiesen. En los grandes períodos de decadencia nacional, como es el que nos ocupa, la clase sacerdotal, en su gran mayoría perdió de vista sus funciones espirituales y llegó a plegarse al tipo de vida que, en el ámbito religioso, establecían los monarcas de turno. Hubo excepciones, como en el caso del sacerdote Joiada pero, en sentido general, la función sacerdotal se rebajó y en el área de la enseñanza se descuidó. En medio de la crisis, Dios levantó profetas para que anunciasen la voluntad de Dios, e inclusive para que la enseñasen al pueblo, y a un grupo selectos de hombres que la conservarían cuidadosamente.

Es en medio de esta situación, que surgen las escuelas de profetas, verdaderos seminarios de la antigüedad, a donde no solo asistían los miembros de la clase sacerdotal llamados a un ministerio profético, sino otros hombres, de diferentes tribus llamados a este servicio. Estas escuelas, como sabemos, datan de los tiempos de Samuel, que pertenecía a la clase sacerdotal, y al cual Dios levantó como profeta, en medio de la crisis de su época. Él instituyó las primeras “compañías de profetas”, la cuales estaban formadas, como dijimos, por jóvenes dispuestos a enseñar al pueblo para sacarlos de la mortandad espiritual (1 Samuel 19:18-20; 10:10, 11).

Se dice que dichas escuelas estaban destinadas principalmente al estudio de dos materias: La Ley y la Salmodia con música instrumental. A esta actividad en la que se vincula la exposición y predicación de la Palabra con música, se le llamaba “profetizar” (1 Crónicas 25:1) entendiendo que, muchas veces, la actividad profética predictiva estuvo vinculada con manifestaciones artísticas, incluyendo la música. Tiempo más tarde, bajo los ministerios de Elías y Eliseo, se establecieron escuelas o compañías de profetas en distintos lugares de Israel: Gilgal, Betel, Jericó. Tanto Betel como Jericó eran centros idolátricos donde estos jóvenes podían desarrollar su ministerio de enseñanza.Tal y como lo vemos en 2 Reyes 2:7; 4:43-44; 6:14, estas escuelas eran relativamente grandes. Tal fue la influencia de las mismas, que tenemos el caso de un rey pagano que, dada la necesidad imperante de la región conquistada perteneciente al reino de Israel, dio órdenes para que se enseñase la Palabra de Dios en el lugar con el fin de detener la ira del Señor sobre una población que pecaba por carecer de conceptos claros sobre la voluntad divina.

Los profetas enseñaban, básicamente, los mandamientos divinos y cómo debían ser aplicados en la vida cotidiana. Por otra parte su actividad se extendía a la revelación del pensamiento y la voluntad de Dios en relación con el hombre. Un resumen de todo lo expuesto puede recoger el siguiente pensamiento: se puede valorar la excelsitud de la labor magisterial profética dentro de Israel, pues siempre superó con creces a la actividad desarrollada por sabios de otras naciones circundantes. Debemos recordar que, a los profetas, no solo les correspondió desarrollar una labor espiritual, sino que, muchos de ellos, desarrollaron gran parte de la literatura canónica del Antiguo Testamento.

Es necesario también hacer una breve observación en relación con la preparación de los sacerdotes y levitas, o sea, los ministros del culto hebreo. Dios estableció que entre las diversas actividades que desarrollarían los sacerdotes y levitas estaría la de enseñar al pueblo la Ley de Dios.

En Levítico 10:9-11, leemos: “Tú y tus hijos contigo, no beberéis vino no sidra cuando entréis en el Tabernáculo de Reunión para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de Moisés”.

En Malaquías 2:4-7 dice: “Y sabréis que yo os enviaré este mandamiento para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto fue con él de vida y paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera, y tuvo temor de mí y delante de mi nombre estuvo humillado. La Ley de verdad estuvo en su boca e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia estuvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad, porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría y de su boca el pueblo buscará la Ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos”.

Para cumplir este cometido, los sacerdotes y los levitas recibían una minuciosa y sistemática preparación hasta los treinta años en que comenzaba su ministerio público, teniendo en cuenta que la actividad de conocer la Palabra de Dios en profundidad debía de proseguir a través de toda su vida, puesto que ellos tenían que estar enseñando y explicando continuamente al pueblo, no solo la Palabra de Dios que había sido dada con autoridad, sino también aquella que estaba siendo dada por los profetas. De la misma forma que durante el período de decadencia nacional, surgieron falsos profetas, también el servicio sacerdotal, en todos los sentidos, se deterioró y degradó. La lectura de los libros proféticos nos muestra claramente esta tragedia que llevó a la nación judía a sucumbir bajo los efectos del pecado y de la ira de Dios (1)

En el cap. 7 del libro de Esdras tenemos un ejemplo tipo de lo que un ministerio de enseñanza bien ejercido puede producir a favor del pueblo de Dios. Este ejemplo es el mismo Esdras, hombre levantado y elegido por Dios para hacer una obra decisiva e impactante en medio de un pueblo que se disponía rehacer su vida nacional, tanto con lo político como en lo religioso. Este hombre de Dios era levita por la línea de Aarón sumo sacerdote. Dentro de su trabajo sacerdotal, era escriba y doctor de la Ley, maestro de su pueblo. Pero ¿qué clase de maestro? Veamos algunas de sus cualidades. Ellas nos expondrán los principios básicos sobre los cuales pudiera establecerse nuestro ministrerio actual también (Esdras 7:6)

1o. estaba preocupado por indagar responsablemente la voluntad de Dios para su pueblo en esos momentos precisos por medio de los cuales estaban pasando: era diligente en la Ley de Moisés.

2o. Tenía la gracia de Dios en su vida: “le concedió el rey todo lo que pidió”.

3o. Tenía todo el respaldo de Dios: “la mano de Dios estaba sobre él” (Esdras 7:10).

4o. Se preocupaba por su vida espiritual: “Preparó su corazón”.

5o. Buscaba en la Palabra la solución, la ayuda y la orientación para su tiempo: “Inquirió en la Ley”.

6o. Obedecía la Ley: “Para cumplirla”.

7o. Tenía capacidad para enseñarla: “era versado en la Ley” (la conocía bien) (v. 11),“La ley estaba en su mano”.

8o.Su sabiduría fue reconocida: “Era sabio” (v. 25)

9o. La responsabilidad de enseñarla le fue dada: “ A los que no conocen la ley: tú los enseñarás".

Los resultados fueron evidentes (Nehemías 8:9): el avivamiento no tardó. La Palabra, predicada y enseñada con poder y respaldada por una vida de santidad y testimonio, cambió una nación entera.

1.2.2. Perspectiva de la instrucción religiosa en el Nuevo Testamento.

Aunque bajo este sistema de GRACIA, muchas cosas iban a cambiar y otras iban a ser abolidas, sin embargo la enseñanza fue confirmada. Ya hablamos del ministerio de Jesús como maestro. Pero antes de Él ascender al cielo, El reunió a sus discípulos y les entregó lo que llamamos la Gran Comisión.

2.2.1.1. La Gran Comisión.

Entre sus últimas instrucciones, Jesús ordenó a Sus discípulos: “Id y hacer discípulos a todas las naciones... enseñándoles...” (Mateo 28:19-20). Esto significaba que ellos tendrían que desarrollar un ministerio de enseñanza sobre la base de la preparación que ellos habían recibido. Recordemos que, primeramente, que ellos habían estado durante tres años y medio con el Maestro de los maestros, Jesús, recibiendo una preparación especial para la labor que habrían de realizar. Por otra parte, también tenían la promesa de que el Espíritu Santo les revelaría nuevos aspectos de la doctrina que formarían parte de la Palabra de Dios. Estos aspectos no serían dados para ser echados al olvido, sino que serían usados para enseñar a las venideras generaciones cristianas y para que el conocimiento de la Verdad permaneciera inalterable y vigente.

2.2.1.2. El surgimiento y visión de la Iglesia.

El libro de los Hechos nos revela que, desde el principio de la vida de la Iglesia, los apóstoles comenzaron a fundamentarla por medio de las enseñanzas de las doctrinas cristianas, de tal forma que se nos dice que los creyentes, tanto antiguos como los nuevos, “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hech. 2:42).

Los apóstoles sentían el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Oían latir aún el mandamiento de Jesús. Preveían la necesidad de fundamentar, antes que otros trataran de hacerlo y no perdieron tiempo. Sobre este fundamento fue que la Iglesia fue edificada a través de los tiempos (Efesios 2:20), y sobre este fundamento es que ha resistido el embate del tiempo y de todas las tempestades (Mateo 7:25).

El trabajo de la enseñanza dentro de la Iglesia primitiva era abarcativo. En ocasiones, vemos a un Felipe, cual Jesús con la Samaritana, dedicando una jornada para enseñar al eunuco etíope, confundido con relación a Jesucristo, y el mensaje del evangelio revelado en Isaías de una forma profética. Es muy lindo y animador tener a grandes grupos para enseñar, pero recordemos que el ministerio del maestro no se caracteriza por la atracción de grandes multitudes, sino por la atención consciente de pequeños grupos que, a veces, se tornan en una sola persona (Hechos 2:42). En otras ocasiones tenemos a un Bernabé y un Saulo que ministraron en la naciente Iglesia de Antioquia: “Y se congregaron allí todo un años con la Iglesia, y enseñaron a muchas gentes; y a los discípulos se les llamó por primera vez cristianos en Antioquia”. Es curioso observar que el primer nombre de los cristianos fue el de “discípulos” o “alumnos”.

El apóstol Pablo le escribe a Timoteo y le da una serie de requisitos que saben caracterizar al obispo (pastor). Le dice que “es necesario que... sea apto para enseñar...” (1 Timoteo 3:2). El pastor es el guía espiritual de la Iglesia, es su sacerdote y su profeta. ¿Puede acaso un pastor desarrollar a cabalidad su ministerio de “apacentar la grey de Dios” si desconoce el tipo de “pasto” apropiado para la alimentación, desarrollo y crecimiento de sus “ovejas”? El desconocimiento doctrinal por parte del pastor, en la mayoría de los casos, ha traído por consecuencia el desvío de la congregación a doctrinas y prácticas sin fundamento escritural. El pastor que ignora trata de suplir ese vacío por medio de formas caprichosas y enseñanzas supuestamente bíblicas. A estos casos, por regla general, les caracterizan los extremos, las extravagancias para “ser diferentes a otros”; apela desmedidamente a la parte emotiva de la congregación más que al intelecto. Más importante para él son las manifestaciones externas, físicas, corporales. Trata con esto de hacer ver que todo ellos es evidencia de la presencia del Espíritu Santo y su respaldo. Muchos casos de manifestaciones histéricas dentro de algunos grupos, cuyos pastores carecen del conocimiento doctrinal necesario han sido tomados como ejemplo por los enemigos del evangelio para echar un velo de duda sobre la verdadera obra del Espíritu Santo de Dios.
El Pastor tiene que tener aptitud para enseñar, pero la aptitud sola no produce nada, o poco. A esta aptitud hay que añadirle conocimiento profundo de la Palabra Revelada. Dios no lo ha colocado a él como “inventor de nuevas doctrinas”, ni “creador de fórmulas nuevas”. “Lo que está escrito, escrito está”, y a ello tenemos que ajustarnos, de lo contrario lo que estaremos formando, en vez de la Iglesia de Jesucristo, será un monstruo. Ningún pastor tiene excusa delante de Dios. Dios ha provisto dentro de Su Iglesia los mecanismos necesarios para su superación. Los Institutos Bíblicos proliferan, cursos dirigidos y por correspondencia abundan; ministerios exclusivos de enseñanza están al alcance para hacer de cada siervo de Él un instrumento “apto para enseñar”.

Aprovechemos lo que Dios nos ha dado; usémoslo para nuestra edificación; despojémonos del orgullo que nos hace creer “que lo sabemos todo” y con humildad acudamos a la ayuda de “Gamaliel” para ser bendecidos. Hay que pensar en el futuro, asentando la base en el presente. Acordémonos de los que vienen detrás de nosotros: aquellos que tomarán la antorcha de la enseñanza para proseguir la edificación del edificio. No sepultemos las posibilidades del presente para asegurar una ruina futura. Para evitar esto, Pablo dio la fórmula: la preparación de los laicos para el desarrollo del ministerio de la enseñanza. La Iglesia Local es la madre de los ministerios y es el lugar idóneo que Dios ha provisto para el nacimiento y desarrollo de ellos. Es de adentro de la Iglesia Local que Dios elige a los ministerios para realizaciones más amplias. Pablo le escribió a Timoteo diciéndole: “Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2). Estos “hombres idóneos” tienen que ser reconocidos como tales y para ellos el mismo Pablo dice: “Los ancianos que gobiernen bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1 Timoteo 5:17). Los "Pablo", los "Timoteo", los "Tito", fueron primeramente “hombres fieles, idóneos” y fueron capacitados para “enseñar también a otros”; ahora Dios les encomendaba responsabilidades mayores y a niveles más altos.

Es el Pastor, dentro de su congregación, el llamado a fomentar ese espíritu de estudio; es el llamado a detectar a ese tipo de creyentes; es el llamado a capacitarlos; es el llamado a darles el entrenamiento utilizándolos: es el llamado a desatar las ataduras locales, cuando Dios llama a algunos de ellos para prepararlos a niveles superiores y usarlos fuera del ámbito de su Iglesia Local.

2.2.1.3. Necesidad de la enseñanza a la Iglesia.

Hay varias razones supremas para enseñar a la Iglesia.

2.2.1.3.1. Porque la Iglesia necesita ser edificada.

Una de las figuras que utilizan Pablo y Pedro para significar lo que es la Iglesia es la de un edifico en construcción. Como todo edificio, la Iglesia necesita un fundamento sólido para su estabilidad y permanencia. El fundamento de la Iglesia no son las filosofías antiguas y modernas, tampoco una fusión de filosofía con Evangelio, tampoco las nuevas corrientes teológicas de las últimas décadas. La Iglesia tiene un solo fundamento: Las enseñanzas de Jesucristo, sus profetas que hablaron con anticipación sobre Su venida, los apóstoles que transmitieron a la posteridad la narración de su vida y enseñanzas y a los cuales se les reveló los fundamentos de la fe cristiana sobre la cual “todo el edificio...va creciendo...” (Efesios 2:20-21).

La Palabra no solo se constituye en el fundamento sobre el cual se edifica la vida espiritual de la Iglesia, sino que ella es la misma vida que produce el desarrollo, la fortaleza y la estabilidad de ella. Pedro nos dice: “Sed edificados como casa espiritual...” (1 Pedro 2:5), pero en el cotexto anterior se nos presenta como “niños recién nacidos” a los cuales se nos manda a “desear...la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación” (2:2). Siguiendo la misma idea, Pedro nos exhorta a “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:8). Este conocimiento no viene sino a través el estudio diligente de la Palabra.

Pablo corrobora este mismo sentir cuando enseña que la concepción de los dones ministeriales entre los cuales se encuentra, “maestros”, tienen el propósito de hacernos crecer a “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo para que ya no seamos niños fluctuantes” proclives a ser “llevados por todo viento de doctrinas”, sino que con madurez de conocimiento, conscientes de nuestro lugar dentro del cuerpo, seamos capaces de ayudar y ser ayudados.

2.2.1.3.2. Porque las almas necesitan una enseñanza personalizada.

La necesidad de este tipo de enseñanza se establece por el hecho de que muchos, en el transcurso de la vida cristiana. se allegarán a nosotros para “pedir cuenta y razón de lo que creemos” ; oportunidad que Dios nos da para presentar la verdad del Evangelio: “...estad siempre preparados para presentar defensa, con mansedumbre y reverencia ante todo aquél que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Un Evangelio mal presentado, producto de la incapacidad para esta tarea, conducirá al menoscabo de la Palabra; y su incompetencia, para hacerlo “poder de Dios para salvar”.

2.2.1.3.3. Porque los falsos maestros no pierden tiempo.

Desde antes de que la Iglesia se manifestara el mundo como tal, ya Jesucristo había previsto la realidad del surgimiento de “los falsos profetas” (Mateo 7:15; 24:11 y 24) que tratarían de engañar a las ovejas. Los Apóstoles previnieron a la Iglesia que dentro de ella misma se levantarían “lobos rapaces que no perdonarían el rebaño”, “que hablarían cosas pervertidas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:29-30). El mismo Pablo previno a Timoteo de la siguiente forma: “vendrá el tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina” y que “se amontonarían maestros conforme a su propia concupiscencias y apartarían de la verdad el oído y se volverían a las fábulas” (2 Timoteo 4:4-5). Pedro, tomando como ejemplo la experiencia pasada del pueblo de Dios, dice que, como en el tiempo antiguo, “habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras y aún negarán al Señor que los rescató...”

A través de su historia, la Iglesia ha venido enfrentándose con la actividad sistemática, persistente, nociva y destructora de estos falsos maestros. Estas últimas dos centurias han sido prolíferas en el surgimiento de estos “falsos maestros”, de sectas y movimientos heréticos, que, presentando una imagen falsa de Jesucristo y su Evangelio han arrastrado a miles de incautos tras sí. La actividad sutil de estos falsos maestros, su falsa piedad, ha engañado a muchos, aún dentro de la Iglesia, que ignorantes de la verdad doctrinal, se han dejado llevar de “todo viento de doctrina”, “apostatando de la fe, escuchando a espíritus engañadores y doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos, que teniendo cauterizada la conciencia enseñarán toda suerte de mentiras destructoras".

Ante todo este panorama objetivo, real y experimental, ¿cuál debe ser la actitud de la Iglesia, de cada siervo de Dios, de cada creyente? ¡Hay que abrir los ojos, hay que despertar del sueño! Es verdad que algunos están haciendo mucho, pero muchos están haciendo poco. Si no queremos ver a una Iglesia influenciada por ese panorama, una Iglesia socavada por el error, una Iglesia arrastrada por la avalancha de mentiras sutiles, saquemos la Biblia de los escombros y hagámosla nuevamente el fundamento de la Iglesia. Solo ella, su luz, su verdad, será capaz de preservarla del error, para ser presentada “sin manchas ni arrugas” ante su Novio cuando él venga a buscarla.

Dos ejemplos elocuentes de hasta qué punto Satanás puede ser capaz de socavar los cimientos de la Iglesia con enseñanzas falsas lo tenemos en estas las Iglesias de Pérgamo y Tiatira. A los pastores de estas dos Iglesias se les reprocha la tolerancia y la permisión de falsos maestros, que, con “sus doctrinas de demonios”, influyeron para la perversión moral de muchos dentro de sus congregaciones. No podemos determinar en detalles la forma en que estos falsos maestros y falsas enseñanzas entraron dentro de estas Iglesias y el por qué estos siervos de Dios se encontraban impotentes para actuar y poner en orden las cosas, pero una cosa cierta sí resalta, y es la tolerancia y las consecuencias de ésta: desvío, decadencia moral e impotencia espiritual.

Estos dos ejemplos deben ser una alerta para nosotros. Si no somos nosotros los que enseñamos a nuestras congregaciones, si no somos lo suficientemente sabios, si no tenemos la guianza del Espíritu Santo para que él nos guíe al acudir a los ministerios constituidos por él, si no somos capaces de decir NO “al ángel del cielo que viene con otro evangelio”, el diablo, gustosamente siempre tendrá provisión para deformar, pervertir y desviar la Iglesia. Por eso, amado siervo de Dios, reflexiona sobre qué enseñas, o a quién permites que te enseñe la Iglesia. Recuerda que hay una palabra dura de parte del Señor a los que proceden sin responsabilidad en este sentido: “Pero tengo contra tí que permites...”

2.2.1.4. Resultados prácticos de la enseñanza de la Palabra de Dios.

1o. Trae vida y eficacia con resultados múltiples en la vida del creyente y de toda la Iglesia en general, porque "la Palabra de Dios es viva y eficaz".

2o. Contribuye al crecimiento sano y robusto de la vida espiritual de cada hijo de Dios. La palabra de Dios es “leche espiritual” que nos hace “crecer para salvación” (1 Pedro 2:2). Es alimento sólido para los que han alcanzado madurez (Hebreos 5:14). En la epístola a los Hebreos se nos presenta, por así decirlo, dos clases de alumnos: los niños y los adultos. El maestro cristiano tendrá la habilidad de preparar las clases acorde a la edad y capacidad de sus alumnos: leche para los niños espirituales; alimento sólido,”vianda” para los adultos espirituales (gente madura). Si somos sabios en la aplicación racional y sistemática de la Palabra, vamos a ver resultados gloriosos. A los “niños”, los vamos a ver “creciendo en todo” y a los “adultos” los vamos a ver “madurando hasta el conocimiento pleno” y en capacidad de edificar a otros (Efesios 4:13-16).

3o. Pone en capacidad a cada creyente para ayudar a otros. Lo que aprendemos de la Palabra es para ayudar a otros. No podemos convertirnos en meros portadores de conocimientos. Pedro nos dice que si “el conocimiento abunda en vosotros no os dejará estar ociosos ni sin fruto” (1 Pedro 1:5-8). El conocimiento de la Palabra va a ser una fuerza interna que nos moverá a dar aplicación práctica a todo lo que teóricamente hemos aprendido. A otros el Espíritu Santo los pondrá en capacidad para “enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2), y “ayudar a otros” (Hechos 16:9), cuando Dios requiere nuestra asistencia.

4o. Pone en capacidad al creyente para obedecer a Dios y ajustarse a su voluntad (Hechos 8:26-40). La labor efectiva que Felipe realizó con el eunuco etiope se debió a la capacidad de este siervo de Dios y el conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras. Dice la Palabra que Felipe “abriendo su boca y comenzando desde esta escritura le anunció el evangelio de Jesús” (v. 35). Esto no fue una mera coincidencia. Felipe estaba capacitado para comenzar desde cualquier escritura para ayudar a este hombre confundido. Su ayuda, su enseñanza, sacó al hombre de sus dudas y fue ganado para Cristo.

5o. Amplía visión misionera y capacidad para obedecer al llamamiento de Dios. El conocimiento del propósito de Dios con la humanidad, el conocimiento de sus planes a través de los siervos de Dios que él usó en la antigüedad, el conocimiento de sus planes a con nosotros y con el mundo que se pierde, el estudio y conocimiento del trato de Dios con los hombres y mujeres que dijeron “sí” para “ir por todo el mundo”, el conocimiento de la labor del Espíritu transformando y cambiando a los hombres y mujeres... Todos ellos son un incentivo para levantar la vista y “mirar los campos que ya están blancos para la siega”. Será la fuerza motriz que nos impulsará a ir.


(1) Explicación de la Hna. Alba Llanes.

© Luis E. Llanes. Ministerio Luz y Verdad. Puerto Madryn, Chubut, Rep. Argentina.

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