sábado, 26 de marzo de 2011

Las tres caras de la enseñanza

Por Luis E. Llanes.
 
Mientras que exista una Iglesia que edificar y una vida espiritual que necesite ayuda para su crecimiento, mientras que haya ministerios que capacitar y un mandamiento expreso que obedecer (Mateo 20:18-20) el tema de la enseñanza cristiana tendrá vigencia y un lugar céntrico en todas las áreas del desarrollo de la Iglesia de Jesucristo. Quizás algunos aleguen que “mucho se ha escrito sobre el tema”, sin embargo esto no es excusa para no poner de relieve y recalcar el papel que juega la enseñanza dentro de la Iglesia; más bien las circunstancias que rodean a la Iglesia actual es un desafío para seguir insistiendo, investigando, aportando ideas en esta área que el mismo Señor explotó hasta lo último dejándonos un ejemplo para seguir.

No creo que este corto estudio pueda decir nada sumamente extraordinario y una última novedad en el tema, pero uno de lo los motivos que me ha inspirado a escribirlo es el hecho de que, precisamente, a pesar de todos los aportes que ha hecho la didáctica moderna para actualizar a nuestros maestros y profesores en las mejores técnicas de la enseñanza, a pesar de todos los esfuerzos que está haciendo la Iglesia para que nuestros profesores de Institutos Bíblicos y maestros de Escuela Dominical se superen y mejoren sus métodos, vemos, sin embargo a muchos que, forzados quizás por el facilismo, por la falta de tiempo, exceso de trabajo o negligencia, se aferran a métodos arcaicos, donde el profesor se convertía en un suministrador de datos y el alumno un robot a quien programar.

Al abordar este tema tan antiguo como moderno, quisiera hacerlo desde tres perspectivas diferentes:

1. LA FILOSOFÍA CRISTIANA DE LA ENSEÑANZA,
2. LA TEOLOGÍA CRISTIANA DE LA ENSEÑANZA.
3. LA PRÁCTICA CRISTIANA DE LA ENSEÑANZA.

De la visión que tengamos de nuestro ministerio y las actitudes a asumir dependerán en sumo grado el concepto que tengamos de lo que es enseñar. Antiguamente cuando se le preguntaba a un profesional (y todavía consta en los antiguos tratados de didáctica) cuál era el concepto de “enseñanza”, no vacilaba a responder, porque eso fue, justo, lo que aprendió sin objeción alguna, que: “Enseñar es impartir conocimientos”. Otra definición algo más amplia que incluía al alumno era: “Suministrar al alumno un caudal de verdades para que sean entendidas y aprendidas por el mismo”. Sobre el método de aprendizaje: la lectura repetitiva, hasta lograr reproducir con puntos y comas todo lo que el maestro dictaba o el libro decía.

Recuerdo, cuando estaba en la primaria, mi padre (maestro de primaria) con el mejor deseo de ayudarme me hacía aprender “al dedillo” todo lo dictado o todo lo leído. En ocasiones, por el olvido de un conector, me hacía repetir nuevamente todo desde el principio. Siempre me quedaba la sensación de incapacidad y de imposibilidad. En una prueba, por el olvido de una palabra, (y con la posibilidad de sustituirla por un sinónimo) me trababa a tal extremo de ponerme tan nervioso que desaprobaba el examen, porque tenía que decir exactamente como lo redactado en el libro. Recuerdo que en una prueba de Anatomía, cursando el secundario, una de los temas que se nos impuso fue hablar del sistema óseo. Empecé bien, pero me trabé (como casi siempre me pasaba) y me atreví a romper el formato y comencé a redactar, por mi cuenta y con mis propias palabras, lo que había estudiado. Para sorpresa mía aprobé la prueba. Con otras palabras, al fin y al cabo dije lo mismo que el libro decía. Todo esto se cuenta ahora y parece increíble, sin embargo  es cierto.

Esas y otras definiciones no hacen mas que exponer la filosofía maestrocéntrica de la enseñanza. En todo caso la actividad de la enseñanza recaía sobre el profesor: estudio, investigación, programación, metodología, etc. Mientras que el alumno se convertía en un ente pasivo que como un frasco impersonal y vacío, recibía todo lo que se quería “envasar”.

Dentro del contexto de la didáctica moderna, aunque el maestro juega un papel siempre importante en los mecanismos interactivos de la enseñanza y aprendizaje, sin embargo, es el alumno el eje alrededor del cual gira la rueda de toda esta actividad. Teniendo en cuenta al alumno como el ente principal y objetivo para enseñar, pero sin excluir al maestro, podemos definir la enseñanza como la habilidad que aplica el maestro para incentivar toda la personalidad del alumno (cuerpo, mente, afectos y voluntad unidas a todas sus capacidades cualitativas y cuantitativas) para que descubra por medio de él mismo las verdades a través de la investigación la práctica y la experiencia. En este caso el maestro jugará un papel directivo y correctivo. Empleará toda la iniciativa personal de su alumno, lo instará a que forje sus propios conceptos y llegue a las conclusiones finales. Desde esta perspectiva el alumno se transforma en un ente activo en toda la actividad cognoscitiva.
 
© Luis E. Llanes. Ministerio Luz y Verdad. Puerto Madryn, Chubut, Rep. Argentina.

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